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Foto:  Ethan Miller / Getty Images

La noticia se dio a conocer esta semana y ha provocado las más diversas reacciones. La alcaldía de la ciudad de Chihuahua impuso una multa de 500 mil pesos al popular grupo Los Tigres del Norte por cantar narcocorridos durante su presentación, el pasado domingo 21 de mayo, en el palenque de la Feria de Santa Rita.

Desde 2011, el gobierno estatal había prohibido que este tipo de canciones fueran interpretadas en vivo y censuró su difusión en la radio, ya que, se consideró, hacen apología de la violencia y el narcotráfico, además de promover la simpatía hacia los individuos que realizan ese tipo de actividades ilícitas, al convertirlos en personajes legendarios e incluso admirables.

Luego de la actuación del que quizá sea el grupo más popular de México en este género, la joven presidenta municipal panista de la ciudad de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, declaró en una rueda de prensa citada en Animal Político que “el horno no está para bollos, estamos quejándonos de la inseguridad, las adicciones, la drogadicción y no podemos ver como aspiracional a esta gente, no podemos hacerle reverencia y venerar a la apología del delito”.

A decir de quienes asistieron al palenque, el grupo formado en Sinaloa en el ya lejano 1968, interpretó, entre otras, composiciones tan conocidas como “Jefe de jefes” y “Contrabando y traición”, en las que hay veladas referencias a antiguos miembros del crimen organizado como Hermilo Varela y Camelia María, a quienes en la segunda de las canciones llaman Emilio Varela y Camelia la Texana.

A todo este asunto de la prohibición de los narcocorridos –que no es privativo de Chihuahua sino de otras entidades como la vecina Sinaloa– se le pueden dar diversas lecturas. Es claro que lo que hizo la alcaldesa chihuahuense fue aplicar estrictamente la ley y que no se le puede cuestionar por eso. Sin embargo, parecería que al multar a una agrupación tan afamada como Los Tigres del Norte, se buscó también dar un golpe mediático ejemplar.

Lo que podríamos preguntarnos es si la prohibición en sí misma en verdad sirve de algo o no hace sino estimular más la difusión de los narcocorridos. ¿Hasta dónde la gente dejará de escucharlos al ser proscritos de la radio o de los conciertos de música norteña?

Está probado en casos similares, como el de la censura que en los noventa se quiso ejercer sobre las canciones que tuvieran lenguaje o contenido ofensivo o explícito en Estados Unidos al imponerles la famosa etiqueta de “parental advisory”, los resultados suelen ser escasos si no es que nulos. Para probar esto sólo habría que echar un vistazo a la lista de los álbumes más vendidos de gangsta, hardcore y hip hop de Amazon, en la que están All Eyez On Me de 2Pac, The Eminem Show de Eminem, The Chronic de Dr Dre o The Blueprint de Jay-Z, todos con su respectiva etiqueta de contenido explícito.

Lo mismo sucedió en Rusia, cuando se prohibió la música de la banda estadounidense de death metal Cannibal Corpse, quienes hasta la fecha se encuentran en el top de búsquedas de Google en aquel país; o en China, cuando en 2015 el Ministerio de Cultura censuró 120 canciones de internet, todas ellas de origen chino, al considerarlas “perjudiciales” para la sociedad.

Perseguir a los músicos y sus canciones no hará desaparecer el problema de fondo que es el del tráfico de estupefacientes y otras actividades delictivas que realizan los miembros del crimen organizado. Y es cierto, convertir en héroes a malhechores no es algo plausible y estamos de acuerdo con Campos Galván cuando dice que “las personas que sean nuestros ídolos no sean los narcotraficantes, sino quienes trabajan todos los días por sacar adelante a sus familias de una forma honesta” (Excelsior, 25/05/17).

Pero quizás lo más sensato sería buscar otras medidas menos espectaculares, aunque más efectivas en el largo plazo, para encontrar una real solución a tan grave problema.

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