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Foto: Pablo Martínez Monsiváis, AP.

El 16 de septiembre de 2017, los ciudadanos de Washington temían que una tragedia como la de Charlottesville se repitiera. Por una parte, una comunidad conocida como los Juggalos, salió a protestar en contra del gobierno por ser considerados un peligro potencial para el país. Por otra, simpatizantes del mandatario Donald Trump también salieron a las calles para llevar a cabo una reunión de su agenda en el mismo lugar. Una amenaza latente podía percibirse ya que los dos frentes opositores se verían cara a cara, una razón simple pero suficiente en el caso de las recientes amenazas racistas en ese país.

Contrario a lo que se pensaba todo transcurrió de forma pacífica. El colectivo urbano expresó sus quejas y el mitin de los pro-Trump sucedió con una tranquilidad poco esperada; cada quien por su lado. Es justificable tenerle miedo a los miembros de ultraderecha y simpatizantes del presidente norteamericano, pero la problemática no reside ahí sino en la percepción de los estadounidenses hacia la comunidad urbana que, sin argumentos, fue calificada por el gobierno como una pandilla delictiva.

Los Juggalos surgieron como un grupo de fanáticos bajo la influencia del psycho rap de Insane Clown Posse, dúo de hip hop conformado por Violent J y Shaggy 2 Dope, también dueños de la disquera Psychopathic Records. Su origen parte del horrorcore, género musical popularizado por la banda que tiene sus raíces en el ocultismo y terror psicológico.

Inspirados por N.W.A, los Beastie Boys y la lucha libre, Insane Clown Posse comenzó una prolífica carrera y se convirtió en una banda controversial gracias a su influencia en las audiencias que comenzaron a adoptar parte de su personalidad; maquillaje de payasos, tatuajes y actitudes temerarias en los conciertos. A estas primeros seguidores se les denominó como Juggalos después de una presentación de ICP de 1994 en la que Violent J nombrara a la audiencia como tal durante la interpretación del tema “The Juggla”.

El conflicto de los Juggalos con el gobierno nació en 2011 luego de que el FBI y la National Gang Threat Assessment los etiquetara como una pandilla dentro de la lista de grupos urbanos violentos. “Muchos de los Juggalos incentivan la actividad criminal y violencia”, destacó el FBI en un comunicado. Sin embargo, la historia de esta hermandad indica que su comportamiento respecto a las drogas, alcohol, violencia y argumentos del gobierno para catalogar si un grupo es delictivo, es menor que el de los mismos fanáticos de David Guetta en algún rave de Miami.

En 2014, Violent J declaró: "Nunca han existido ni existirá una base de seguidores como los Juggalos. Es fácil temer lo que uno no entiende. La discriminación contra cualquier grupo de personas es erróneo y no-americano".

Hace un par de semanas, los Juggalos declararon ante la sociedad su molestia por ser vistos como una pandilla criminal e incluso como “basura blanca" (refiriéndose a su color de piel). “No somos una familia de criminales”, dijo Shaggy ante los presentes mientras Violent J comparó la estigmatización de sus fanáticos como una situación “mierda” que sólo sucedía en 1967 cuando el matrimonio gay era ilegal y el racismo se veía como algo normal.

“Somos una familia que le damos la bienvenida a todos con los brazos abiertos”, señaló Fabritz, un chico que vestía un bikini negro y calzoncillos estampados con barras y estrellas mientras levantaba pancartas de apoyo frente al monumento a Lincoln.

Aunado al tono social que le acontece, la exclusión simbólica y social de los miembros de la sociedad va más allá. Hay que decirlo, los Juggalos son víctimas de la discriminación existente en Estados Unidos actualmente. Muchos miembros de la comunidad han sido despedidos de su trabajo y otros han sido detenidos por tener una estampa de ICP en la parte trasera de sus automóviles. “Es sólo la música que me gusta”, defiende uno de ellos.

Personas que se identifican como parte de la comunidad han sido acusadas por cometer crímenes violentos e incluso asesinatos pero a lo largo de seis años, abogados no encuentran evidencia ni conexiones que los liguen a dichos actos. Además, en diversas ocasiones se le ha pedido al gobierno quitar la etiqueta de "pandilla" al grupo pues las autoridades han cazado a sus miembros sin piedad. La pregunta se abre para que los altos mandos respondan con acciones y respuestas concretas ¿Qué será suficiente para dejar a un lado la discriminación en pleno siglo XXI?

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