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(Photo by Rachel Murray/Getty Images for Madame Tussauds Hollywood)

Me estoy apresurando para arreglarme y llegar a tiempo a una prestigiosa clase de escritura de libros en la Escuela de Periodismo de Columbia, eligiendo entre los aburridos outfits para el posgrado que utilizo en constante rotación. Entonces veo su sonrisa, impresa en una playera. Su indeleble rayo de felicidad brillando desde mi closet. Mirar su rostro me invita a hacer una pausa. Sonrío, casi tan ampliamente como ella. Entusiasmada, me pongo la playera y mi prometido, Eddie, quien me la dio como un regalo sorpresa la noche anterior, me mira y me dice “representando a Selena en una escuela Ivy League. Claro que sí”. Mi sonrisa crece. Claro que sí.

La primera vez que usé una playera de Selena fue hace dos décadas, cuando tenía diez años de edad. Compré la playera en el centro de El Paso, después de que la cantante texana fue asesinada, y la complementé con prendas que la moda cíclica me permite volver a usar para combinarla ahora: un chaleco de mezclilla, Doc Martens, y una falda larga floreada. Usar esa playera fue el inicio de un momento decisivo de mi vida y, como he ido comprendiendo a lo largo de estos veinte años, de la vida de incontables chicas morenas. Por fin teníamos a un ídolo público que compartía nuestra imagen, cuyo acento y la textura de su cabello se parecía a los nuestros, una mujer que nos enseñó que podíamos ser texanas y mexicanas y estadounidenses, todo a nuestra manera. Éramos las forasteras, en cambio constante, flotando entre las esferas de identidades culturales vagas y nunca logrando encajar completamente en ninguna de ellas.

Selena Quintanilla se ha convertido en un mito. Los beats del pop estadounidense latentes en su música tejana la hicieron accesible para un público mucho más amplio que el que cualquier otra estrella mexicana hubiera podido conquistar anteriormente. Beyoncé profesa su devoción; Solange canta covers de Selena — reinas honrando a otra de su misma liga. Drake y Kylie Jenner comparten fotos de ellos mismos usando playeras de Selena. Eddie compró la mía en Urban Outfitters. Su tribu se extiende más allá de las chicas latinas morenas. Pero nosotras somos las originales.

Para las mujeres latinas con capacidad de ascender socialmente que crecieron en los 90 y que ahora están trazando nuevos caminos en la clase media - un privilegio que nuestros padres no tuvieron - Selena es un símbolo resplandeciente del lugar del que vinimos. No me refiero solamente al área geográfica, de Texas o México, aunque algunas de nosotras sí vengamos de ahí. Selena representa ese desordenado lugar que es la identidad mezclada. Ella es lo que somos nosotras en el universo mítico de la cultura. Por primera vez vimos a alguien abrirse un camino brillante hacia el mainstream, que se veía y hablaba y bailaba como nosotras.

Cuando estaba creciendo, no escuchaba música Tejana. Mis amigas tampoco. De hecho, evitábamos la música “en español”, para no ser etiquetadas como parias. Nuestros esfuerzos nos brindaron derechos de visita a los diversos mundos que estaban a nuestro alrededor, pero nunca fue suficiente para conseguirnos una invitación permanente para quedarnos en ellos. La forma en la que a mis primos en México nunca les costaba trabajo traducir palabras al español, que nunca se quedaban trabados a media frase como a mí me pasaba tan seguido, me recordaba que yo no era lo suficiente como para ser considerada una mexicana legítima. Pero me sentía muy mexicana alrededor de la gente blanca. No pertenecía a ningún grupo. ¿Y los texanos? Yo era de la frontera, una tierra de nadie cultural y la parte del estado a la que el resto de Texas le daba la espalda. Selena, que creció en Corpus Christi, también era de una ciudad a la que el resto de los tejanos veían despectivamente. Es difícil hacerle creer a una chica latina morena, que habla español en casa e inglés en el mundo exterior, que su experiencia es completamente estadounidense cuando nadie en la televisión se ve o habla como ella.

Y entonces, Selena fue a Monterrey en 1993, que es el estado más rico de México. Los mexicanos pudientes, aprendí dolorosamente, son los más crueles. Su membresía para la alta sociedad depende, en parte, de desestimar a los “pochos,” los inmigrantes que fueron a los EEUU y ensuciaron su lenguaje con pronunciaciones vulgares. Si alguien no puede pronunciar bien las “R’s”, merece el desprecio. Selena tiró todo eso por la ventana. Cuenta la leyenda que la cantante contestó una pregunta diciendo: “Me siento muy... excited!” y, para sorpresa de todos, la prensa mexicana se volvió loca de alegría. Selena, la “pocha” máxima, había logrado entrar. Fue un momento crucial para los mexicano-estadounidenses; habían invitado a una de nosotros a quedarse.

El Grammy que Selena ganó en 1994 la consolidó como la consentida de Texas. Su muerte prematura, un año después, la convirtió en una tragedia estadounidense. De repente, nuestra santa era idolatrada por todos aquellos grupos que no nos querían, deificada con un atractivo universal. Lo que sigue resonando conmigo y con tantas otras mujeres que incluso nacieron después del fallecimiento de Selena, pero que la aman tan temerariamente como aquellos que la amaron en vida, es cómo iluminó lo que somos, en vez de lo que no somos. No importaba que no encajáramos con los demás. Selena había tomado los ritmos y el lenguaje mexicano, el bajo y sintetizadores pop de los Estados Unidos y los acordeones Tejanos y nos enseñó que eran todos nuestros. Yo salí del clóset de los “pochos” hacia una nueva tribu, vuelta a nacer bajo el espíritu de “Bidi Bidi Bom Bom.” Selena me hizo darme cuenta de que merecemos elogios tal y como somos.

Mientras todos los mexicano-estadounidenses y los mexicanos iban a misa y yo no, porque había sido educada como protestante, Selena era mi Vírgen María; cuando me preocupaba que mi cabello espeso fuera a esponjarse por el clima húmedo, me acordaba de cuán icónica se veía Selena en su último concierto, con la textura de su cabello natural saliendo a la luz conforme bailaba y sudaba. Si me veía tentada a lamentar mi lugar transitorio entre culturas diferentes, pensaba en cómo fue posible para ella moverse graciosamente entre ambas, sin perder su esencia.

Demos un salto hacia el momento en que, 22 años después, camino por el campus y hacia el majestuoso salón Pulitzer. Mis compañeros de clase de Sudáfrica e India elogian mi playera. No necesita explicación. Selena ya no necesita un contexto. Esto me impresiona, ya que en algún momento ella era el único contexto que teníamos para explicar nuestra identidad. Me siento en clase, pensando en cómo Selena siempre hablaba de cuánto le hubiera gustado ir a la universidad. Me la imagino en una clase como en la que estoy ahora, viéndose étnica, sonando un poquito como sueno yo. Ella lo logró, una chica latina morena a la vez.

Maria Garcia es una periodista que vive en Nueva York. Puedes seguirla en Twitter en @MariaReports.

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