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Miembros de Los Lobos,  posando en 2004 en Los Ángeles. (AP Photo/Damian Dovarganes, File)

El “pocho” (y aquí hablamos de sus acepciones originales) era aquel estadounidense de origen mexicano o migrante que había bien asimilado las costumbres, tradiciones e idioma de los Estados Unidos. El uso de “chicano”, en cambio, implicaba una designación clasista y peyorativa al mexicano que acababa de llegar a los Estados Unidos, sin mucha preparación y generalmente curtido en la carencia y el hambre.

Dice Ernesto Galarza, uno de los pilares del activismo migrante en los Estados Unidos, en su biografía: “Los chicanos sospechaban que los pochos se consideraban demasiado buenos para el barrio aunque, por alguna razón, no tan buenos para los norteamericanos. Ante los chicanos se mostraban superiores y divertidos por nuestra confusión, pero no especialmente interesados en darnos explicaciones. Convertirse en pocho era un paso a medias para volverse norteamericano. Y Norteamérica nos rodeaba por todas partes, dentro y fuera del barrio”.

Es decir, el pocho era el mexicano gringo, ilusionado por las promesas del American Dream y la bollante economía de la posguerra. El baby boomer suspicaz de los años del Milagro Mexicano, que apostaba más a los buenos modales de Eisenhower y a la gran producción de la Ford y General Motors. El mexicano que se sentía más cómodo con Doris Day que con Chavela Vargas. Al menos así se ha retratado, y no es demasiado claro cómo fue evolucionando con el tiempo el paisaje cultural de este interesantísimo nicho poblacional.

La expresión del chicano, en cambio, se asemejaba mucho con la que identificamos a los migrantes mexicanos hoy en día. Los que se desviven por la Selección Mexicana, la comida callejera y la Virgen Morena, por citar solo algunos lugares comúnes. Esos que, más que una preferencia emocional por los Yunaites, buscan destapar la cloaca de la pobreza mexicana, de los salarios caídos y el campo abandonado. Y es gracias a la repetición histórica de éste contexto (el México pobre y desesperado) que la cultura chicana, así como se concibió desde un inicio, permanece prácticamente intacta - hoy por hoy, entendemos por “chicano” una expresión única, no transitoria, de los mexico-americanos. Es decir: son los migrantes ya establecidos, que han logrado definir un lenguaje visual, musical, ritual y cultural propio, tan lejano y cercano de “lo mexicano” como “lo estadounidense”.

No es casualidad, entonces, que muchos de los habitantes del Este de Los Ángeles, el barrio tradicional de migrantes mexicanos en la ciudad californiana, consideren, más que otra cosa, a esa zona particular como su Madre Patria. Es la cuna de su génesis comunitario y creativo, su gran espacio de arraigo. Por eso es que dos vecinos de la zona, en los albores de 1973, decidieron nombrar a su banda con dicho mote geográfico: Los Lobos del Este de Los Ángeles.

David Hidalgo y Louie Pérez formaban parte de una de las primeras generaciones de chicanos como los entendemos hoy día. Nacieron a mediados de los 50, eran convencidos de la grandeza tradicional de la música mexicana (del son huasteco a la canción ranchera), pero también eran melómanos armados con gustos completamente fuera de toda norma: de Randy Newman pasaban a los discos de free jazz de John Coltrane, pasando por el doo-wop, Ray Charles y las fresadas folk de Fairport Convention.

Comenzaron a hacer canciones juntos, casualmente, hasta que incorporaron a otro par de amigos suyos al proyecto. Su estilo, desde un inicio, resultó francamente inclasificable: en sus primeros discos la vena tradicional mexicana era evidente, pero al poco tiempo decidieron incorporar bases del rock and roll más tradicional, así como de los mejores grupos vocales de Motown. Por ahí también se escapaba de vez en cuando un guiño al blues y a la improvisación del jazz, y la identidad visual de Los Lobos del Este de Los Ángeles, a manos de Louie, redondeaba bien su eclectisismo: dibujos mexicanistas que combinaban bien con el expresionismo abstracto gringo, el sabor callejero de L.A. y el kitsch latino.

Fueron el acto de apertura de Eric Clapton, Grateful Dead y Public Image Limited durante años, refinando su juego e incorporando, con mayor acierto cada vez, vínculos sonoros más fuertes con otros “indescifrables” como Tom Waits, John Lurie o Marc Ribot. Discos como La Pistola y el Corazón y The Neighborhood rozaron el éxito comercial internacional, y Kiko, el más arriesgado de todos sus discos en términos musicales, se consagró como una de las obras maestras de la música alternativa de los 90.

Sin embargo, nunca dejaron de ser una banda del Este de Los Ángeles. Una banda acotada por su condición cultural. Regresemos al asunto de su nombre: Los Lobos del Este de Los Ángeles. Fue, en origen, una respuesta directa y burlona a Los Tigres del Norte, los titanes de la música norteña que entonces, a principios de los 70, comenzaban a pegar fuerte en la comunidad de chicanos recién llegados a California. En este sentido, Los Lobos se portaban más como pochos que los Tigres, ellos tan nuevos.

Porque todo nombre es una simbología: el “Norte” de los Tigres hablaba de México, de su frontera natural, y remitía al origen indiscutible de los felinos gruperos. Los Lobos aclaraban también sus fronteras, pero dejaban en claro que ellos no eran de una sola región (como los Tigres, norteños) sino de una zona dentro de una ciudad en lo particular. “El Norte” mexicano es una frontera cultural en sí mismo; el Este de Los Ángeles es otra.

Los años le fueron dando a Los Lobos del Este de Los Ángeles una audiencia mayor, reconocimiento crítico y, culturalmente, se fue consagrando una de las grandes historias musicales de la comunidad chicana, si no la más grande. Su presentación en la Casa Blanca en el 2009, así como el bono demográfico que los latinos representan para los Estados Unidos en la actualidad, son reflejo vivo de que la cultura chicana en los Estados Unidos fue un gigante durmiente que de pronto fue despertando.

Los Tigres del Norte, en cambio, se mudaron a California como residentes permanentes a principios de los 80, y han asumido a los Estados Unidos como su base de operaciones. Son el vivo ejemplo, pues, de que los chicanos, en su sentido original, siguen existiendo.

Estas dos agrupaciones, como arquetipos culturales y símbolos de dos momentos históricos, son las más claras muestras de que la relación simbiótica entre México y Estados Unidos no solo ha calado hondo a lo largo de los años; también deja en claro que evolucionará hacia terrenos insospechados, inquietantes y siempre emocionantes.

Bartolomé Delmar fue editor de Noisey, fundador de Afterpop y locutor de Nocturno en Reactor 105.7. Escribe de arte, música y política.

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