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Foto: Esteban Felix, AP.

¿Hasta qué punto es válido querer o dejarse hacerlo? Este es un cuestionamiento que surge en nosotros cada vez que vemos actos como el de Maluma, quien rechazó de una forma poco amable el beso de una fanática el fin de semana pasado durante un concierto que el colombiano ofreció en Guadalajara. ¿Hasta donde puedo dejarme ser querido y cómo lo recibo? ¿Es mi obligación recibir cariño de alguien porque me da de comer? ¿Tendría que ser impulsivo contra esas "muestras de cariño"?

Todas estas preguntas y sus respuestas son un tema digno de comentarse. Esto, porque ejemplos como el de Maluma abundan. Milenio recopiló una lista que incluye los casos de Justin Bieber, quien golpeó a uno de sus fanáticos en noviembre pasado mientras se dirigía en automóvil a una presentación en Barcelona; Pepe Madero (exintegrante de Pxndx) que se limpió la mejilla después de haber sido besado por una admiradora mientras firmaba autógrafos en mayo del año pasado, y Joe Jonas, quien se tomaba una fotografía con una seguidora en Jalisco y se apartó de ella cuando esta intentó besarle.

A lo largo de la historia ha habido incontables casos de rechazo e incluso violencia en el mundo de la música debido al que podría nombrarse de dos formas, dependiendo del cristal con que se mire: acoso o muestra de cariño. Para empezar, sería casi imposible recordar o recopilar las historias similares que vivieron los pioneros del fanatismo musical como The Beatles o Elvis Presley. En diversas ocasiones, historiadores y conocedores de la época han resaltado que en los cincuenta y sesenta no había televisión como la conocemos ahora, por lo tanto, la expectativa de conocer al artista en vivo y a todo color alimentaba los impulsos frenéticos de sus admiradores. En diversos documentales, como es el caso de George Harrison: Living In The Material World, se ha podido apreciar a las beatlemanos golpear los vidrios de las limosinas británicas del Cuarteto de Liverpool.

En 2013, Rolling Stone también hizo una lista sobre las peleas de concierto más memorables -como si estas fueran algo positivo- e incluyó cuando Amy Winehouse dio un codazo a uno de los asistentes de Glastonbury en 2008. La cantautora justificó su acción diciendo que le habían aventado un objeto peligroso y que además le habían tocado la espalda. La víctima, en lugar de parecer ofendida, dijo que "no cualquiera podía decir que le había arrojado un sombrero a Amy". En el mismo conteo, se encuentra el caso de Henry Rollins, vocalista de la banda de punk Black Flag, quien comenzó a soltarle una lluvia de puñetazos a un fanático durante un concierto. En el video, puede observarse como el asistente golpea en severas ocasiones a Rollins, a lo que el músico respondió con más energía.

Henry Rollins beats up a fan

También, se encuentra el caso de Pitbull, que después de haber subido al escenario a uno de sus fans, le tiró un golpe en la cara luego de que el sujeto en cuestión le arrojara papelitos de fiesta que el músico acostumbra a soltar en sus shows.

En el rock y sus ídolos existen también diversos casos, y entre los más destacados están el de Keith Richards, quien golpeó con su guitarra a un asistente del concierto que celebraba su cumpleaños 38, y el de Axl Rose, quien en 1991 se molestó tanto con la audiencia y la seguridad local de un concierto que Guns N' Roses ofrecía en St. Louis, que abandonó el escenario y provocó una trifulca que costó 60 heridos (entre asistentes y miembros de la policia) y más de 1 millón de dólares en daños del Anfiteatro Riverport, recinto en el que tocaban.

Axl Rose attacks fan, ST Louis 1991

Las respuestas, entonces, pueden encontrarse con la cabeza fría, aún cuando en los conciertos existe un clima totalmente opuesto: una mente impulsiva y que se deja llevar por lo que siente. Hay una especie de contrato tácito que se escribe al momento de que ocurra un concierto: la audiencia asiste a los conciertos para disfrutar del show y el artista debe poder expresarse tal y cómo es, sin riesgos ni estrés colectivo. Sin embargo, el fanatismo en muchas ocasiones perjudica esta dinámica natural de alegría, satisfacción y demás emociones que produce ver un artista en vivo y para el artista mismo estar dando un show. Desde luego, también afecta este contrato el que el artista reaccione de mala forma, pero hasta cierto punto podemos entender (si bien no justificar) que en ocasiones se pierda la paciencia y, por ello, las buenas formas.

Los músicos no merecen un trato obsesivo por parte de sus admiradores pero tampoco ellos merecen un maltrato por parte de sus ídolos. Se necesita un balance. Para cerrar con una anécdota, vale la pena recordar que por esa razón se separaron The Beatles: ya no podían más con los gritos de sus admiradores y decidieron encerrarse a grabar discos y conocer a sus futuras esposas. Esperemos que Maluma no haga lo mismo y se enamore de una Yoko.

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