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No es complicado encontrar números confiables relacionados con la violencia contra la mujer en el mundo. De verdad, no lo es. Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud y de ONU Mujeres se despliegan entre los primeros resultados de Google.

Y son cifras que provocan escalofríos.

Se estima que el 35% de las mujeres de todo el mundo han sufrido violencia física o sexual por parte de su compañero sentimental.

Prácticamente la mitad de los casos de mujeres víctimas de homicidios en todo el mundo, el autor de la agresión es un familiar o su compañero sentimental.

En México las últimas décadas han sido atroces para las mujeres. En una columna publicada en en febrero de 2017, el periodista Héctor de Mauleón hace una revisión de las cifras de homicidios que llevaron a declarar la alerta de género en la mitad del país. En Veracruz, por ejemplo, en una década se registraron más de mil homicidios dolosos de mujeres y niñas. En Jalisco, de 1997 a 2017, fueron asesinadas más mujeres que en Ciudad Juárez.

A las mujeres en México las matan a golpes, por estrangulamiento, calcinamiento, ahogamiento, descuartizamiento, envenenamiento, degollamiento. En muchos casos hubo una violación de por medio y en la mitad de los casos no existe un presunto culpable.

Traer a la conversación este terrible escenario al que nos enfrentamos día a día tiene que ver con lo desconcertante que resulta toparse con declaraciones irresponsables de figuras públicas con un enorme poder de convocatoria, como la del reggaetonero colombiano J Balvin.

En una entrevista con EFE, retomada ayer (7 de marzo) por diversos medios, J Balvin dijo que “las únicas responsables de que haya un cambio son las propias mujeres. No podemos dejar a los hombres el empoderamiento de las mujeres. Depende de ellas que demuestren de qué están hechas”.

Su declaración aludía al machismo que predomina en las letras del reggaetón y a la posibilidad de que los músicos del género urbano promuevan un cambio al respecto. Desde su punto de vista, las letras que denigran a las mujeres no se eliminarán hasta que el mismo público femenino lo demande y deje de consumir temas agresivos.

Es decir, una vez más, y tal como ha sido a lo largo de la historia, la culpa es de las mujeres.

Una mirada elitista del género nos llevaría a preguntarnos por qué habríamos de esperar algo de sensatez y empatía de un reggaetonero, como si se tratara de una causa perdida.

Pero si seguimos viendo al reggaetón como un género del mal gusto, que viene de los simios (ay, Aleks Syntek) o como la música favorita de los criminales, serán nuestros prejuicios los que nos impidan exigir a sus intérpretes que se cuestionen la manera en que se trata a las mujeres en sus letras.

De ninguna manera es algo que atañe únicamente al reggaetón. El machismo en la música popular ha estado ahí desde su origen y es justo esa la razón por la que a muchos –esos omnipresentes defensores del statu quo– el rol de las mujeres en las canciones de alcance masivo les parece una discusión incómoda, fuera de lugar e innecesaria.

Y claro, si en el reparto de privilegios se tiene tanta ventaja, qué ganas de joder con que las cosas sean de otro modo.

J Balvin, Maluma, Nacho y todos esos reggaetoneros que están hasta la madre de que les pregunten por qué sus canciones tratan a las mujeres como basura: Gracias por recordarnos de qué estamos hechas.

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