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(AP Photo/Natacha Pisarenko)

Cada cierto tiempo aparecen videos por las redes que denuncian los plagios de algún amado músico. Mirar por enésima vez un mash-up audiovisual donde se enumeran los robos de Gustavo Cerati me hizo pensar en el plagio como una estrategia artística, renovación cultural, recurso creativo que ha sido malmirado durante mucho tiempo y quizás vaya siendo hora de que lo repensemos con otra luz.

Debemos, por principio, detenernos a pensar en lo que consideramos como autor ‘genial’. La idea del autor/genio como una criatura encerrada en una habitación, produciendo maravillas por inspiración (“divina” o de cualquier otra índole) es un concepto que debería ser derribado. Toda la historia de la creatividad humana es una historia de robos, apropiaciones, reacomodos, sampleos y traducciones. Ningún autor crea en soledad. Todos necesitan de la comunidad para producir sus obras. ¿Qué significa ‘comunidad’? La creación colectiva. El saber que está disponible para absorberse, reproducirse, recomponerse.

El plagio no siempre fue mal visto, aunque ahora mismo parezca que sí. Antes de la Ilustración era considerado útil porque contribuía a la distribución de las ideas.

Los ejemplos de plagiarios ilustres van de Shakespeare a Dylan, quien se ha encargado de derribar uno a uno los mitos que rodean la originalidad y a difuminar los límites entre el plagio y la autoría en incontables ocasiones. La más reciente: Bob copió línea por línea la explicación de Moby Dick que aparece en las CliffsNotes para ilustrar su amor por la obra y preguntarse si sus canciones podían considerarse literatura en la conferencia que ofreció para la Real Academia Sueca.

Si pensamos, además, que vivimos en una época dominada por la velocidad y la variedad infinita a la que viajan las creaciones, es posible preguntarse si el plagio no sólo es aceptable sino, más bien, inevitable.

¿No es más natural entonces pensar en la creación musical como un ineludible embrollo de retazos que van construyendo la tela invisible de los sonidos? ¿Quién puede reclamar por la posesión del hilo azul si con él se han tejido muchas otras telas?

Es verdad que en la mayoría de los casos el plagio libre musical está fuera de posibilidades legales, pero lo cierto es que estos ciclos de escándalo por el plagio son una buena oportunidad para repensar el estado actual de nuestra cultura y de las fuentes de las que bebe. Esto es, un pozo permanentemente alimentado que es todo susceptible de quedar bajo el influjo del copyright: palabras, genes, procesos, líneas de bajo. Jonathan Lethem escribe en su ensayo contra la originalidad que el copyright no es un derecho, es un monopolio otorgado por el gobierno sobre el uso de los resultados creativos.

El arte del plagio y en todo caso de la revelación de la estructura del plagio es un camino en el que idealmente interrogamos al mundo a través de lo ya dicho para decir algo más, para revelar lo que ya ha sido expuesto bajo una luz distinta. El plagio doloso simplemente estampa su nombre sustituyendo el del autor para conseguir un beneficio monetario o de prestigio. El plagio artístico busca interrogar a la fuente original, elige qué plagiar, cómo, cuándo, por qué y no busca apropiarse de los derechos del autor para beneficiarse económicamente.

Otro camino, emparentado con el plagio, es el del sampleo. El sampleo es una técnica musical desarrollada a mediados del siglo pasado y que se basa en insertar grabaciones en nuevas composiciones musicales. El sampleo puede ser visto, como en el caso de Julián Woodside en su ensayo “El sampleo, de la técnica al discurso sonoro y musical”, como una idea que se apoya de la tecnología para la transmisión concreta de ideas sonoras y musicales. Es una técnica, sí, pero también es una nueva forma de arte, de combinar lo que ya se ha dicho, literalmente, para decir algo nuevo.

La distinción entre plagio y sampleo también puede ser de uso: si pretendes hacer uso comercial de la obra que resulta del sampleo, lo mejor es hablar con quien tiene los derechos de autor. Las posibles respuestas son: 1. que se te autorice siempre y cuando aclares la fuente de donde has bebido, 2. que se te autorice mientras pagues o 3. que te nieguen la petición. ¿Qué haces cuando se niega la petición? Puedes subir el tema como escucha gratuita, donde no intervenga la monetización. La realidad también apremia: si no eres Fatboy Slim o Guy Manuel De Homem-Christo, pedirle permiso a un sello para usar un extracto es incluso ridículo. Esta es entonces una invitación a beber de cuantos pozos queramos.

El año pasado, un tribunal alemán determinó que la libertad artística está por encima del interés económico en determinados casos, como el de una rapera alemana que usó dos segundos de ‘Metal uf Metall’ de Kraftwerk para una canción que publicó en 1997. Después de largos años de litigio, la defensa argumentó que los compositores del mundo deberían poder crear sin restricciones ni riesgos financieros.

Los jueces alemanes consideraron que el sampleo es un proceso artístico legítimo, siempre y cuando el nuevo trabajo no compita directamente con la canción original, es decir, que no cause daño financiero al titular del derecho.

Hay que perder el miedo a la policía del copyright, que muchas veces no es quien se encarga legalmente de perseguir sus infracciones. Somos nosotros, como público y como creadores simultáneos. Perder el miedo es aproximarse a las obras ajenas y tomar lo que resuena en la psique de los creadores, usar estas resonancias como herramientas para aportar algo distinto a partir de ese material bajo cualquier forma: cita, técnica, lectura, guiño, etcétera. La meta es bajar del pedestal a la autoría individual y jugar con nuestra herencia cultural, que es toda (la que tiene copyright y la que no lo tiene) y configurarla para así proponer nuevas extensiones de nuestro mundo.

Descubrir al plagiario no debería despertar entonces horror o desilusión. Los fans, desconcertados al descubrir los elementos plagiados, tendríamos que repensar lo que la creación musical significa, y sobre todo, de qué está hecha realmente y a quién le pertenece. El descubrimiento de estos signos apropiados debería evidenciar que la imitación, la alusión, la apropiación, son parte indispensable del acto de crear música. Debemos aspirar a crear a partir del caos de lo que existe, no a partir de la nada que obsesiona a menudo y que es ficticia. La ilusión de crear ‘de la nada’ es eso: ilusión.

Pensemos en lo que escribe Lethem cuando dice que el copyright empequeñece nuestra experiencia vital y traiciona la motivación primaria para participar en la cultura: ampliar el mundo. ¿Estamos reduciendo nuestro mundo con las cadenas del copyright?

Mira el video a partir del cual comenzó esta reflexión abajo.

GUSTAVO CERATI: ¿PLAGIADOR?

Luli Serrano Eguiluz conversa sobre cultura popular en Puentes (puentes.me/meta) cada semana y escribe sobre música en Letras Libres, Marvin, Noisey y otros.

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