Síguenos

Advertisement
via YouTube

La leyenda dice que dijo: “Prefiero besar a una mujer negra que a una mexicana”. Alguna variante reemplaza la condición humana de la primera besada por un can: “Prefiero besar a un perro que a una mujer mexicana”. Así. Con la seguridad y confianza de quien ha besado a mujeres negras, mexicanas y también a perros y puede omitir un juicio calificatorio lo suficientemente rápido como para jerarquizar los resultados. O la seguridad y confianza de un asqueroso racista. La segunda parece ser la más probable.

Lo anterior ha sido recogido no solo en el anecdotario pop mexicano desde hace años, sino en el libro Refried Elvis: The Rise of the Mexican Counterculture escrito por Eric Zolov, doctor y profesor de la Universidad de Chicago.

Sea como fuere, la frase se le ha atribuído, por décadas, a Elvis Presley. Esto gracias a una publicación en las columnas de chismes del periódico Excélsior, del 19 de febrero de 1957. En ella, el “periodista” (es un decir) Federico de León inventó una entrevista al Rey desde Tijuana, en donde el músico estadounidense vociferó tremendas estupideces sin disculparse jamás.

Inmediatamente después a la publicación del diario más leído en México en ese entonces, el largo látigo de la justicia cultural mexicana (en esos años, utilizado con fuerza por un PRIísmo amo y señor de toda expresión cultural e intelectual) se hizo sentir: se prohibió el tocar la música de Elvis en cualquier estación del cuadrante nacional, así como la proyección de sus cada vez más frecuentes apariciones en pantalla. Para México, Elvis estaba muerto, apenas pocos meses después de su explosión como fenómeno cultural mundial.

No resulta sorpresivo, entonces, que Elvis no haya podido pisar tierras mexicanas cuando filmó una película cuyo argumento se basaba, totalmente, en nuestra costa más amada: Acapulco.

Fun In Acapulco (bellamente traducida en México como El Ídolo de Acapulco) trata de un gringo lanchero que, al verse enfrentado al desempleo, se convierte en salvavidas y roba el corazón de una dama (interpretada por Ursula Andress, quien no era mexicana). Sus compañeros de oficio no le respetan nada, siendo el gringo iluso y desconectado de la realidad que es, hasta que Elvis, en un acto de absoluta gallardía y genio, se avienta un clavado desde La mismísima Quebrada. Entonces gana el corazón de todos los salvavidas, de la dama en cuestión y de los niños alegres que viven solos y abandonados en las calles de México. Fun in Acapulco.

vía elvisblog.net
vía elvisblog.net

Hasta ahí todo bien, aunque hay algo que no cuadra en la ecuación: ¿por qué Elvis se sometería a hacer una película de un país que odia tan aparentemente? ¿La película no pudo haberse llamado El ídolo de Mallorca y el clímax haber sucedido en uno de esos grandes peñascos de la costa española? Porque el recurso de La Quebrada es bueno, pues, pero tampoco resulta tan fundamental como para no poder evitarlo.

La cosa es que Elvis fue víctima, o al menos eso se sospecha hoy día, de una vendetta personal desde el más violento y putrefacto sistema político mexicano. Así como lo lee.

¿Quiénes fueron los responsables de que Federico de León publicara semejantes calumnias en el diario de mayor circulación de todo México? La leyenda de la leyenda cuenta que hay dos hipótesis posibles:

  1. Ernesto Uruchurtu, regente de la Ciudad de México durante años y años y autor intelectual de ese crimen urbanístico al que muchos llamamos hogar.
  2. Alguno de uno de los emblemas de la industria disquera en México, o al menos una figura muy poderosa dentro del mundo de los medios de comunicación.

¿Y cuál fue la razón de que cometieran semejante atropello en contra de uno de los ídolos máximos de la música en la historia mundial del universo?
Al más fiel estilo del autoritarismo mexicano de los sesentas, la oficina de Uruchurtu mandó un sobre a las oficinas de Elvis Presley en Los Ángeles. En él se encontraba una cantidad importante de dinero, así como la sugerencia de que la flamante estrella del rock cantara de forma privada en el cumpleaños de una quinceañera.

¿Qué quinceañera? Ahí es donde la historia difiere: los mitos urbanos dicen que la propia hija de Uruchurtu, mientras que Herbe Pompeyo, una de las figuras centrales de la industria disquera en México, cita a una figura mediática poderosísima de esos años como el padre por el que intercedió el regente de la Ciudad.

El asunto es que, en términos generales, todo mundo está de acuerdo: Elvis fue víctima del sistema político mexicano y sus peculiares formas de hacer. Murió en 1977 sin una reivindicación oficial en el vecino del sur, más allá del éxito de Fun In Acapulco y el hecho de que grabó, para ese filme y algunos más, docenas de canciones en español.

Porque ahí está, por ejemplo, su horrenda e increíble versión de “Guadalajara”, u otras perlas del kitsch gringoide como “Vino, Dinero, Amor”, “El Toro” o aquella simplemente titulada “México”.

Todas esas canciones fueron grabadas por Elvis y aún así no pudo resarcirse el daño. Ni siquiera con un disco editado por BMG México, Elvis Le Canta A México, que le llamaba, como un último lamento desesperado por crecer su figura en nuestro país, “El Rey de las Rancheras”. Ni así.

Advertisement