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Via Vive Lation 2017 / Facebook

Desde las 3:00pm del domingo, la gente comenzaba a llegar al Festival Iberoamericano de Cultura Musical Vive Latino 2017. Estratégicamente y como todos los años, se llevó a cabo en el majestuoso Foro Sol. Quienes llegaban en metro podían disfrutar de la vista del épico Palacio de los Deportes y del cómo la gente ya se encontraba emocionada por poner un pie dentro. Si llegabas en coche, definitivamente tendrías que luchar por un lugar de estacionamiento y lidiar para no atropellar a alguno de los asistentes eufóricos que se amontonaban por encontrar a sus amigos y entrar al festival en ésta, su décimo octava edición.

La gente comenzaba a ocupar los escenarios cuando Dread Mar-I sonaba en el escenario principal para después, trasladarse al Escenario Indio Pilsner y escuchar a la Internacional Sonora Santanera con ritmos guapachosos que ponían a bailar, entre chascarrillos, a hipsters, fresas y punketos por igual, sin importar que estuvieran ahí principalmente por ver a Rancid después. Los veteranos de los ritmos clásicos de cantinas y bailes de salón nos romancearon mientras atardecía con “Perfume de Gardenias” y contaron con invitados de lujo como Julieta Venegas para interpretar “El Ladrón”, la legendaria Paquita la del Barrio y el también legendario Roco Pachucote de Maldita Vecindad. Nos hubiéramos quedado ahí, admirando a hombres con sobrepeso y sin camisa mientras bailaban pegadito con su cita toda la noche, pero los argentinos de Enanitos Verdes ya sonaban en el escenario principal.

Desde las gradas, se veía gente deambulando la explanada principal mientras coreaban los clásicos que los argentinos tenían para ofrecernos. La energía de la multitud comenzaba a explotar cuando comenzó a sonar “Luz de Día” y todos cantaban mientras recordaban amores del pasado con la estrofa “tú piel y mi piel, ves que se reconocen, es la memoria que hay en nuestros corazones”. Era momento de abandonar el escenario en un intento fallido por escuchar Ataque 77, quienes padecieron los horarios desfasados en el Escenario VL y más bien dieron oportunidad de escuchar un poco de lo que Corcobado tenía para nosotros en la Carpa Doritos. Hubo que priorizar y fue momento de escuchar a Hombres G.

Con “Voy a Pasarmelo Bien” abrieron su presentación y la gente estallaba en euforia. Recordé cuando escuchaba Hombres G de niña y mi perspectiva de su música era diferente; “Martha Tiene un Marcapasos” y los clásicos que conocí entonces gracias a mi mamá sonaron más de 10 años después hasta llegar a “Venezia”, obligando a la multitud a mecerse de un lado para otro, al mismo ritmo suave, mientras coreaban “Cha-cha-cha, lo tengo preparado, ya tengo las maletas”. Llegó la infalible “Te quiero” para romper (o enmendar) los corazones y se despidieron agradeciendo a un público en llamas.

Nuevamente intentamos, tristemente, llegar a Rancid. Los horarios seguían fallando en el Escenario VL y más bien fue el momento de ver al mítico Marky Ramone en la Carpa Doritos. Desde las mesas, la gente enloquecía mientras otros tomaban la explanada para escuchar la legendaria música que décadas atrás sonó en los acordes de los Ramones. Aunque no me generaba muchas expectativas, nuevamente hubo que priorizar y fue momento de llegar al escenario principal para escuchar al único headliner nacional: Zoé.

La gente comenzaba a amontonarse mientras las pantallas proyectaban lo que sucedía en el escenario Indio Pilsner. Julieta Venegas tocaba con maestría el acordeón y nos seducía mientras interpretaba “Limón y Sal”, y la gente coreaba “El Presente” cuando con la frase “Es contigo mi vida con quien puedo sentir, que merece la pena vivir” se desvanecía en las bocinas para preparar el audio de Zoé.

León Larregui tomó el escenario vestido de plumas negras, como cuervo. Comenzó a sonar “10 AM” y todo mundo perdió el control. En un viaje en reversa por su discografía, los hijos pródigos de la capital ofrecieron un show impresionante. Al ser una de las bandas más amadas y odiadas en la misma medida, nos mostraron porque han logrado posicionarse en el corazón de los latinos.

Una evolución evidente en su interpretación y su espectáculo dejaron a la multitud boquiabierta, tratando de entender todo lo que sucedía en el escenario. En esta ocasión León no politizó, pero aprovechó el espacio para regalarnos un poema corto de Nezahualcóyotl en la lengua original, para después recitarlo en español, que decía: “No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos. Yo, cantor, los celebro, se reparten y se esparcen.” Continuaron con uno de los éxitos que los volvieron un referente de la música latina: “Vía Láctea”. La noche continuaría pero llegaba el momento de despedirse de Zoé; en una voz que se quebraba y a punto de las lágrimas, Larregui agradeció al estadio abarrotado por estar ahí y simplemente nos dijo: “Los quiero mucho”. Un sentimiento auténtico de alegría y nostalgia por sus 20 años, en un festival que prácticamente lo vio nacer y con un show que ningún otro acto principal podría ofrecer. Cerraron asertivamente con “Soñé”, canción que no sólo ha sido el soundtrack de películas, sino también de las escenas románticas personales de cada uno de los que nos encontrábamos ahí.

Justice en ese mismo escenario nos obligó a priorizar otra vez y a luchar por un lugar lo más cercano posible a dónde se llevaría a cabo la presentación. La mejor decisión de mi vida.

En punto de la media noche comenzó a sonar el sintetizador que daba la bienvenida al dúo francés. Momentos antes habían abarrotado el escenario con un sonido cortesía de Marshall que pintaba para volverse una bestialidad, pero esa palabra no termina de describir todo lo que pasó ahí. Fue una auténtica misa negra. La cruz que iluminaba el escenario y los sonidos de ultratumba psicodélica que acompañaban los destellos de luz, mismos que sólo podrían compararse a los que se encontrarían en el infierno, me llevaron en un placentero viaje con un rarísimo momento de introspección que oscilaba entre cuestionarme la vida, maldecir el momento en el que nací y simplemente agradecer la oportunidad que me dio el universo de estar ahí. Me sentí condenada y salvada al mismo tiempo, mientras nos llevaban entre “Safe and Sound”, “D.A.N.C.E.” y “L.O.V.E. S.O.S.” Vimos cosas moviéndose en el aire, gente prácticamente poseída por el bajo descomunal que hacía vibrar toda la columna vertebral y se desplazaba hasta la coronilla, mientras ellos se encontraban en absoluta seriedad y sobriedad controlando las consolas y flotando como entre nubes de un lado para otro. Era como estar en un rave dentro de un mausoleo. Sigo sin terminar de asimilar bien todo lo que pasó.

Terminaron su show como si nada hubiera pasado y una audiencia destrozada comenzó a abandonar el recinto recién bautizado.

Concluyó una vez más el Vive Latino, dejando una importante lección: no tiene absolutamente nada que pedirle a otros festivales. Los precios son relativamente accesibles si compras tu acceso a tiempo y los actos que ofrecen son de una calidad exquisita. Sin embargo, lo realmente mágico es la energía que ahí se puede experimentar. La diversidad de sus asistentes solo podría ser producto del cartel igualmente diverso que ofrecen, obligándonos a convivir unos con otros en una ciudad caótica que se caracteriza por su belleza, pero también por sus radicales posturas clasistas. En el Vive Latino no es así, en el Vive todo mundo convive bien y lo pasa increíble con un catalizador común: música maravillosa.

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